
ELOGIO DEL AGUA
El agua es ágil y no lleva memoria consigo.
El agua camina arrodillada, como deben ir allá arriba los ángeles de la Reverencia, corriendo hacia el mejor.
El agua que va con los semblantes del paisaje, listada por el rostro de las cosas, como si fuese a dar testimonio de todas ellas, y que no se rinde, del peso, y sigue con su carga de semblantes sin que nadie vea quién se la recoge.
El agua inarticulada, que tiene por voluntad el no tenerla, libre de coyunturas como el aire, sin las muecas y los tendones de las demás criaturas. El agua que se da sin romperse, única dación sin dolor, que puede ser en la altura la de los ángeles.
El agua es ágil y sin objeto propio.
El agua de los surtidores, con anchos brazos líquidos en los cuales el espíritu de los parques goza mil esposas y la misma esposa de mañana a noche, abrazo que la mujer no ha aprendido.
El agua de las fuentes, que escucha hacia adentro como Ruysboeck, agua religiosa de labio más delgado que la daga. El agua de alguna fuente cuya mirada ahuecó mi ojo hasta la nuca y que me dijo una palabra en la cual entró la muerte y no me deja más.
El agua es ágil y sin objeto propio.
El agua en los canales, agua de ingenierías de hombre, que corre como un paño burgués por su camino sin sorpresas, Cleopatra vieja que renegó la aventura a fin de seguir viviendo ¼
Los ríos que hacen sobre la Tierra sus versos ágiles: garabateos sin sentido de los primeros niños que hubo en el mundo. Los ríos pesados que alcanzan el verde como una nobleza marina; los pequeños ríos grises, que van como plumón ralo de pichón; mis ríos chilenos. Los ríos de Chile que bajan rompiendo ajorcas de vidrio por los cerros y las rehacen en el llano, y no pierden en el viaje ni una sola ajorca.
El agua es ágil y no lleva memoria consigo.
El agua de las cascadas, Penélope que teje y desteje su vestido y extiende las falda y la encoge otra vez, loca de espera y ciega de la única blancura.
El agua musical de las cascadas, que hace su fiesta para sí misma y juega a tener treinta y tres voces. El agua que engaña a las piedras con que tienen gargantas y se las muda de sitio a cada momento y les da entre pausa y pausa muerte y resurrección.
El agua de las cascadas americanas, que vienen en un juego pasándose la una a la otra la estrofa bárbara, desde Alaska a la Patagonia, zancada a zancada musical, como las mujeres que bailando se pasan una flor; y la flor vuelve a subir de la Patagonia a la Alaska, y la vieja travesura no cansa al agua ni al tiempo.
El agua es ágil y sin objeto propio.
El agua es marina, tarde en la ira como Jehová en el salmo y cuya piedad hará tal vez los añiles de su techo. El agua del mar que sólo quiere juntar su espejo para que el planeta líquido vuelva a correr el cielo como un pez.
El agua marina que tiene vuelta la espalda y que debajo está con el ojo fijo de Cellini, haciendo una concha marina de doscientas espirales y buscando cales pàra su caracol con un movimiento rápido de pestañas.
El agua marina que saló nuestra sangre y se volverá dulce con nuestra sangre al final de los tiempos, pero no antes.
(gabriela mistral)


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